a flor de piel

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Tarde con Don Luis

En busca de noticias, de quimioterapias y de oraciones en los labios me encontré con un ahora que no imaginé. "Está sentado en la kiosko" y mi corazón comenzó a palpitar con fuerza.
Estabas más alto que el Domingo, con los ojos más brillosos, se te veía cansado pero con ganas, tus manos estaba sucias en señal de que tu día hacía estado intenso (dentro de tu intensidad y tu significado de día). Me sonreiste. "Maquita ha llegado"

Nos fuimos a la banca de siempre, me encanta conversar contigo, y mirarte, y guardar silencio esperando que tus ojos distraídos me devuelvan las palabras, me encanta ver como unes tus brazos en señal de oración y las treinta y tantas veces que nombras al "jefe" en 5 minutos de diálogo. Me encanta tu forma de preguntar las cosas, siempre por la tangente más precisa que llega justo donde quieres llegar. "Y mi amigo?, has sabido de el?"- Hace tiempo que no hablamos de tu "amigo", te dije lo que sabía (que... no era más de lo que el sabía), miraste nuevamente distraído al jefe y me resumiste la sensación que me envolvía en ese entonces. "Se ha vuelto ingrato, él no era así"...

"Ingrato", pese a las señales que de pronto se escapan de la rutina, pese a las ganas de intentar toparnos, pese al "cariño" y a las confesiones extranjeras, pese a lo que fuimos y pese a lo que algún día intentamos ser... creo que esa ingratitud si bien en un comienzo la dijiste refiriéndote al "Jefe" a ti mismo... también pensaste en mí y en lo que sentía. Y me comprendiste, como siempre... como desde hace 5 años lo vienes haciendo...

El silencio me delata en ese tema, guardamos un par de minutos callados... mi vista perdida en la entrada y en una figura a lo lejos que me hacía recordarte, Don Luis con la mirada en mil partes, protegiendo mi sentir y respetando mis largos espacios de expresión verbal... "suba a verlo, hace tiempo que no lo hace, le hará bien conversar con él".

Y subí.

El "jefe" se combinó con el flaco, con el mago, con la madre tierra, con el abuelo fuego y se me presentó siendo uno en el viento, en este espacio mágico que me abstrae de la vida y me devuelve al misterio de lo incierto, del silencio, del sol allá escondiendose y de mis pies y mis manos entrelazadas ocupando pequeños centimetros ante tu imagen impetuosa.

"Juntos pero separados", siempre que llego ahí recuerdo esa frase... miro ambas mujeres, el flaco en esa madera... y vuelvo al momento en que lo pronunciamos, cuando la confusión nos consumía pero el amor nos ataba inexplicablemente... y hoy, justo aquí, en el mismo lugar, bajo la misma perspectiva, no dejo de pensar en lo poco juntos y en lo muy separado que estamos.

Olvidé el ave maría y proclamé un padre nuestro entrecortado... pero canté en voz alta, sentí el corazón en mi piel y pequeñas rocas menos de mi mochila, lloré un par de lágrimas livianas y callé... sentí, pedí, creí... todo en un silencio respetuoso hasta que Francisco con su "¿Sabes que?" me saco de ese espacio etéreo y me aterrizo ante ti con sus ojitos de niño y sus 25 historias relatadas en media hora.

"Yo ya no soy angelito, ¿sabes porque?, porque nací. De la guatita de mi mamá y entonces me vine de ese mundo y llegué a Chile. Y no sé si quiero volver, porque aquí estan mis amigos, allá no y ¿sabes porque? por me quiero quedar en este mundo de Chile". Fue la entrada en el discurso sin saber quien eras y cómo llegaste ahí.

Me contó historias de su jardín, de su mamá, de cómo había llegado a esta tierra y de la estrella de Belen, de comentó que Jesus murio en la cruz por nosotros y que tenía un auto no como los que estaban allá abajo, me susurró al oído secretos y me abrazó dos veces mientras volvía del camino de la "ultima etapa".

Nada ocurre porque sí... menos en el "Cristo" ante los pies del jefe. De pronto la ingratitud de la que me habló Don Luis y que en ese entonces creí una palabra muy grande y fea hoy es fiel reflejo de lo que somos, y la voz de Francisquito un timbre de alerta sobre lo simple y frágil de la vida...

.... sabía que aún tenias mucho por hacer querido amigo
el cielo aún no te tiene lista las sábanas ni menos la bata de dormir
Gracias por quedarte una tarde más junto a mí, con tu polera azul marino y tus pantalones de cotelé, con tu cole moradito, tus brazitos delgados y tus sabias palabras y empujones que me haces hacer cada vez que te visito y visito al jefe, a Francisquito y a lo que mis pasos han dejado en este recorrido por esa iglesia, por tu iglesia.


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